27 de Febrero 2010, Richter 8.8, Chile. La primera noche.

“A esta hora, justamente, a esta hora,

en que empiezas a sentir

que nada pasa y todo pasa,

quisiera sacarte a caminar

por un largo tour…”

(“En un largo tour”, Sol y Lluvia)

Concepción, Chile, tres y media de la mañana…

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Estábamos durmiendo y José Tomás se había cambiado hace poco a nuestra cama. Desperté con la primera sacudida, fuerte y violenta, y supe en seguida que era un don temblor. Después del primer remezón vino otro, tan fuerte como el anterior y ahí supimos que era algo más grande, cuando sentimos que la cama saltaba y escuchamos el ruido de los muebles cayéndose y los vidrios y cristales quebrándose. Ahí José Tomás, que tenía poco mas de tres años y medio,  despertó gritando “¡¡¡Mapi, mapi!!!”, que era la mezcla entre papi y mami…

A esa altura, el terremoto no terminaba, llevaba fácil más de un minuto y medio y no paraba, seguía igual de violento. El departamento se movía en zigzag y el edificio literalmente saltaba. Ahí de verdad creí que se podía mandar abajo.

Tomé a José Tomás y nos cubrimos al lado de la cama; la Yorky tuvo que llegar gateando al lado nuestro, era imposible caminar.

– “No para, no para….esto no para”, gritaba la Yorky

– “Tranquila”, le respondí, “ya va a parar”, aunque a esta altura ni yo ya me creía

– “Pero no para…”

– “Ya…parece que está parando…apenas podamos, salimos…yo llevo a José Tomás, tu abres la puerta”

Y apenas el edificio dejó de saltar, salimos. A oscuras cruzamos el living, tanteando un sillón que había junto a la pared; afortunadamente, los muebles se habían caído en sentido paralelo a la salida, por lo que nada nos obstruía el paso. Llegamos a la puerta y a tientas, apoyándonos en la muralla, comenzamos a bajar. Al mismo tiempo, empezaron a salir los vecinos. Nos encontramos en la escalera – nosotros vivíamos en el cuarto piso, el último – y nos fuimos dando ánimos hasta llegar afuera.

Sólo había luz de luna. Nos encontramos en pijama, batas y algunas frazadas. La mayoría de los vecinos son personas ya mayores y estaban muy asustados. Los autos en el estacionamiento se habían movido con los saltos y sonaban algunas alarmas, la tierra seguía moviéndose con fuertes sacudidas.

Lo primero fue pensar en José Tomás, así que tuve que volver al departamento a buscar las llaves del auto, zapatos para nosotros y algo para cubrirnos. Un vecino me prestó una linterna y subí.

Mas sacudidas y crujidos del edificio. Llegué al departamento e iluminé la entrada; junsto en el borde de donde habíamos pasado había vidrios quebrados que habían saltado desde la cocina. Olor a vino y a vinagre. Despejé los vidrios con la puerta y la aseguré con algo que encontré. Pensé que no me iba a quedar atrapado en un último piso con una puerta cerrada si había otro remezón fuerte. A tientas encontré las llaves del auto y busqué el resto de las cosas. Al bajar, a mitad de la escalera, otra réplica fuerte casi me bota. Esa noche debería volver a subir al menos otras tres veces.

Así quedó nuestro departamento:

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La primera foto muestra a nuestro televisor, un viejo Sony de 29″, pesadísimo, que dió con su rack un salto hacia adelante de un metro. Estaba frente a nuestra cama y por ahí pasamos. Por milagro no cayó encima nuestro.

Con José Tomás ya instalado dentro del auto junto a otros niños, y ya abrigados, nos pusimos a conversar con mas calma con los vecinos, mientras la tierra seguía temblando. No había electricidad ni señal de radio y toda la gente estaba en la calle, en las mismas que nosotros. Nadie quería subir a sus departamentos. De repente, escuchamos una gran explosión hacia el lado de la Universidad y vemos el cielo de color naranja. Otra explosión y resplandor azul. Así siguió largo rato. Al día siguiente sabríamos que la Facultad de Química de la Universidad de Concepción había desaparecido:

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– “Felipe”, me dice Yorky…”mis papás, tus papás…mi hermana!”

No había forma de saber de ellos. Mis suegros, al igual que mis papás, vivían en edificios en distintas partes del centro de Concepción. Mis cuñados vivían en Talca y ya algunos vecinos habían sintonizado radio a pilas, en que las primeras noticias hablaban del epicentro en Constitución y Talca…

Estábamos en eso, en la incertidumbre, cuando vemos una gran silueta avanzando por el patio: mi suegro.

Ya mas tranquilos, con mi suegra cuidando a José Tomás en el auto, tomamos decisiones. Iríamos a buscar a mis padres y después nos iríamos todos a la casa de mi tía Maru, a una cuadra. Nadie volvería a su edificio. así que partimos mi suegro y yo, en un Concepción a oscuras, casi sin autos y mucha gente en las calles. Los focos del auto iluminaban grandes grietas en el pavimento de las calles, otras veces eran levantamientos y montículos.

Llegamos afuera del edificio de mis padres, estaban todos los vecinos fuera, menos ellos. Les pregunté por ellos y me dijeron que el doctor no había querido salir. Así que una vez más, entré a un edificio todavía moviéndose y sonando. Al quinto piso.

Toqué la puerta y abrió mi mamá; esa noche justo había una amiga de visita que estaba alojando ahí. Las ayudé a preparar un bolso y a salir. Mi papá no quiso irse; me dijo que ya había vivido el terremoto del 39, el del 60 y que este no lo iba a sacar de su cama. Así que lo dejé.

Nos juntamos todos de vuelta en nuestro edificio y partimos donde mi tía Maru, que estaba muy asustada, pero se tranquilizó al vernos llegar. No sabía nada de sus hijos, mis primos Guillermo y Carmen Luz, y estaba preocupada por su marido, mi tío Willy, ya mayor y con una diabetes crónica muy debilitante.

Esa noche armamos el campamento en su casa. Encendimos velas y comenzó la preocupación por los próximos días, que iban a ser largos y llenos de incertidumbres. Por lo pronto, el primer desafío: no había agua. Y éramos seis adultos mayores, la Yorky y yo y José Tomás, de tres años. Por lo que volví una vez más al departamento, a buscar con la luz de la luna leche en polvo, pañales, un bidón de agua y nuestro termo, que dejamos lleno todas las noches. También rescaté mi walkman, que nos serviría de radio. Ahí escuchamos sobre el epicentro y mas tarde sobre el tsunami que arrasaría Talcahuano, Dichato y Constitución.

Los tres nos acomodamos en una pequeña cama de una plaza. Y no paraba de temblar. Toda la casa se movía y los vidrios sonaban. Fue una larga noche.

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3 comentarios on “27 de Febrero 2010, Richter 8.8, Chile. La primera noche.”

  1. enelcipote dice:

    Leí y me sentí parte de la historia. Me gustó la manera en la que estructuraste cada pasaje de este temblor en el que por fortuna, pudiste contarlo.

    • wichiluca dice:

      Gracias por tu comentario. En estos días, a cuatro años ya del terremoto, traté de dejarlo por escrito, sobretodo pensando en mi hijo. Por estos días estoy bosquejando mentalmente un post sobre como fueron los días siguientes, que también tienen sus historias.

      Un abrazo.

      • enelcipote dice:

        Sin duda, puesto que los días siguientes son en los que asimilas toda la situación, el asunto emocional así como el tema de la adaptación marcan nuestros días. Creo que dejarlo por escrito ayuda también a la catársis.

        Lo esperaré.

        Abrazos de vuela. Feliz día.


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