Una historia de gitanos.

Chillán, 1906. Un carruaje se detiene frente a una gran casa situada en una de las avenidas principales. Se baja una joven pareja y golpean la puerta con la gruesa y pesada aldaba; son reconocidos y se les franquea la entrada. En el carruaje queda el cochero y una criada acurrucando a una recién nacida.

La casa era de la familia Matamala y el joven Avelino Montesinos llegaba a la casa a pedir la mano de su novia…y para decirle al respetado patriarca que además ya era abuelo. Su pequeña nieta, Luz, esperaba afuera. Había nacido unos días atrás allá en el monte, en la casona de su familia materna en sus tierras de San Fabián de Alico.

No sabemos en que tono o cómo se dió la reunión. Sólo podemos conjeturar sobre el carácter terrible de los grandes señores de la época y en que las relaciones prematrimoniales, más encima resultantes en embarazo, no eran precisamente bien valoradas en sociedad, más aún si el dueño de casa es el padre de la joven.

Lo que sí sabemos es lo que sucedió afuera. Mientras se alargaba la tensa espera, la pequeña comenzó a llorar. Inútiles fueron los esfuerzos de la criada por tranquilizarla con arrullos y cantos. El cochero y la criada también estaban ansiosos y el llanto de la niña sólo ayudaba a crispar aún más sus nervios.

Por la calle pasaron tres gitanas, una de ellas llevaba colgando de su pecho a un niño también de pocos días.

– “Pero paisana, ¿qué haces?”, le dijo la gitana a la criada

– “¿Que no ves que esta pobre criatura se está muriendo de hambre?” – “Trae para acá”

Y con la ayuda de sus acompañantes, en apenas un par de movimientos, le quita a la pequeña de los brazos y se la acomoda junto a su hijo, en el otro pecho. Y al sentir fluir la leche, Luz dejó de llorar.

Aún sin entender cabalmente qué estaba pasando, la criada y el cochero ven que la puerta de la mansión se abre y sale la pareja. Los semblantes pálidos, aún temblorosos, ella con los ojos todavía húmedos pero sonriendo valientemente, van a buscar a su hija para presentarla a su familia.

Con una mirada plena de comprensión, la gitana se acerca a la joven y delicadamente le entrega a su niña: “Toma, paisana…ya no tiene hambre…”. Las otras dos mujeres se acercan, le limpian la boca, le hacen un último cariño y la señal de la cruz mientras murmuran un par de palabras en romaní. Se van por la calle, seguidas por la mirada de los jóvenes padres. Él abraza a su mujer y los tres entran en la casa.

Pues bien. Sabemos que esto fué lo que ocurrió en la calle porque la criada ya nunca más iba a abandonar a la niña, de la que sería su nana para toda la vida. Ella fué la que primero le contó la historia y después lo haría su madre. Después, con el tiempo, mi abuela Luz se lo contaría a su hijo Sergio, del que yo la escuché.

Y desde entonces mi familia es hermana de leche de los gitanos. Mientras vivieron mi bisabuela y mi abuela, en su fundo de Los Castaños nunca faltó una vaquilla o unas ovejas para atender a los gitanos que pasaban por San Fabián de Alico en su paso por la cordillera entre Argentina y Chile. Y ellos siempre respondieron a la hospitalidad de estas grandes mujeres en su tierra.

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6 comentarios on “Una historia de gitanos.”

  1. […] un tiempo escribí algo sobre la relación de mi familia con los gitanos; ahora, además, el abuelo de mi hijo se llama Jorge. En esta fecha, todos somos un poco gitanos […]

  2. biblioteca62 dice:

    ¡Qué belleza! Es una historia muy conmovedora. Gracias por escribirla! 😀 Saludos.


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